Trabajo sobre Francisco Ayala y “Los usurpadores”


Breve biografía

Nacido a principios de siglo, en 1905, en Granada (España), este representante de la llamada “generación del 27”, murió en Madrid en noviembre de 2009 a los 103 años, convirtiéndose así en uno de los más grandes testigos de la literatura española del siglo XX. Se refería él mismo a su longevidad con estas palabras: “Soy un cómico que lleva años esperando a que se baje el telón, pero que no termina de bajarse”. Asistió a las celebraciones del centenario de su nacimiento, sobreponiéndose a su innata timidez, con humor y resignación y llegó a decir “estoy cansado de mi nombre”, recordando a Juan Ramón Jiménez, poeta andaluz de su época (Premio Nóbel de Literatura en 1956).

Se había graduado en Derecho en Madrid y había estudiado filosofía política y sociología general en Alemania, ejerciendo como catedrático de estas materias en la universidad de Madrid, tiempo en el que colaboró en varias revistas literarias. En 1936, mientras él viajaba por Latinoamérica, estalló la Guerra Civil en España, y aún a riesgo de su vida, regresó para ser funcionario del Gobierno de la República, pero al finalizar la contienda con resultado adverso para su causa, debió exilarse a Buenos Aires. Allí ejerció como catedrático en la Universidad de La Plata, fundando la revista “Realidad” y publicando algunas de sus obras. Luego se trasladó a Puerto Rico, donde fundó la revista La Torre. Posteriormente viajó a Princeton, Nueva York y Chicago donde ejerció como profesor de literatura española, regresando a España definitivamente en la década de los setenta para continuar su prolífica labor literaria.

Miembro de la Real Academia Española, también era Doctor Honoris Causa de varias universidades y había obtenido dos de los premios más importantes de las letras españolas: El Cervantes y el Príncipe de Asturias, habiendo sido además propuesto varias veces como candidato para el Premio Nóbel de Literatura.

En 1.998 nació la Fundación Francisco de Ayala, con dos sedes, en Granada y Sevilla, como un homenaje al escritor y teniendo como objetivo custodiar el legado creativo, intelectual y material del autor, promoviendo el estudio y difusión de su obra además de la de otros autores de su círculo intelectual, generación de autores en la que se dejó atrás el romanticismo de una época se adentraba en el modernismo.

Francisco Ayala – Su obra

La particularidad que me gustaría destacar de este autor es que fue un escritor intelectual y creador de ficciones que sometió su obra a una permanente revisión, un continuo proceso de autocomentario, relacionado sin duda con las dos manifestaciones de su personalidad: artista e intelectual y creador y pensador.

En lo que, además están de acuerdo muchos de sus críticos, es que la lucidez crítica, la distancia que propicia la ironía y la preocupación moral emparientan su prolífica obra con algunos grandes clásicos del Siglo de Oro español.

Existe en la obra de Ayala una profunda unidad de pensamiento que se revela, en sus invenciones de ficción, a través de un narrador eminentemente consciente. Así, su escritura, tanto la creativa como la ensayística se ha caracterizado por ser una incesante búsqueda del sentido: del sentido íntimo de cada acontecimiento cotidiano, del sentido que el destino personal y colectivo ofrece a cada ser concreto, del sentido de las reglas que caracterizan la interacción social y en última instancia, del sentido del vivir mismo.

De la misma forma, en el género autobiográfico, sus memorias “Recuerdos y olvidos” tienen su propio espacio.

Poco a poco, los distintos textos de Francisco de Ayala serán, como él mismo decía, “trozos de un espejo roto”, cada uno de los cuales revela, desde un cierto ángulo, su verdadera personalidad, partes de una obra en continua evolución, que solo se esbozaría totalmente hasta su muerte.

Escritor fecundo, sus obras completas (seis tomos de más 1.500 páginas cada uno) reúnen una obra inmensa en la que tienen una especial relevancia la narrativa y el ensayo.

“Los usurpadores”

Bajo el título “Los usurpadores”, el autor recogió nueve ficciones redactadas durante los primeros años de su exilio en Latinoamérica, constituyendo, sin ninguna duda, una de las joyas de la literatura contemporánea.

Formado por los relatos “El abrazo”, “San Juan de Dios”, “El Doliente”, “Diálogo de los muertos”, “El hechizado”, “Los impostores”, “La campana de Huesca”, El inquisidor” y tres apéndices que recogen textos de difícil acceso: las palabras introductorias del autor a la primera edición de “El Hechizado”, así como un poema de Max Aub y un texto de Ayala reproducidos en la segunda edición de “Los usurpadores”.

La dificultad para el que estudie su obra consiste en que un escritor tan consciente de su arte y tan articulado como Ayala induce al crítico a aceptar lo que él mismo ha dicho, disuadiéndolo de explorar por su parte otras vías o enfoques. Así, “disfrazado” bajo la personalidad de un fingido prologuista, adopta en efecto ante sus lectores una actitud didáctica un tanto coactiva.

El tema central, en palabras del prólogo, demuestra que “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación”. Mediante una amplia gama de tonalidades que va desde lo expositivo y narrativo hasta lo lírico, desde un tono grave de sobriedad hasta el de la mas desenfrenada pasión, Francisco Ayala nos ofrece aquí unas historias inspiradas en el pasado español que sirven de espejo para cualquier época y lugar, ya que en lo esencial, la historia tiende a repetirse pues la condición humana es inmutable.

Otro aspecto relevante son las circunstancias histórica-personales que rodean esta obra y la dotan de un trasfondo biográfico. Recordemos que su adolescencia trascurrió en los albores de la Primera Guerra Mundial, por lo que “despertó” las inquietudes intelectuales rodeado de las discusiones y el ambiente que giraba en torno a los dramáticos aconteceres de la época. Así mismo, había estudiado en Alemania durante el surgimiento del nazismo, y encontramos un reflejo poético de ello en el relato “Erika ante el invierno”. Muchas e intensas experiencias vitales como la huida de España ante la caída de Barcelona, debiendo exilarse o la muerte de su padre y hermano durante la Guerra Civil española, fueron definitivas a la hora de marcar su característico estilo elegante ajustado, su temática, a la vez poética y universal, que le han convertido ya en un clásico de las letras hispánicas.

Voluntad de estilo y congruencia intelectual otorgan a toda su obra esa trabada unidad estética y espiritual que en “Los usurpadores” marca el paralelismo histórico-social entre diversos momentos del pasado y la época contemporánea.

Su mensaje ético – el de la posibilidad individual de redención – tiene alcance universal y lejos de predicar, el autor deja que sus lectores alcancen sus propias conclusiones ante el espectáculo de la humanidad.

Por ello y siendo “Los usurpadores” una obra integral, aunque compuesta de narraciones independientes, muchas de las cuales han sido analizadas separadamente, es de destacar que desde el principio se demostró entender cabalmente su intención. Y posteriormente, a través de los años, las múltiples monografías, ensayos, reseñas y otros textos publicados por diferentes autores, mostraron la madurez alcanzada por el autor, colocándolo sus críticos al nivel de los grandes narradores internacionales, sin escatimarle elogios.

“San Juan de Dios” – Breve resumen

Es una narración que cuenta la transformación de un soldado portugués, Juan de Dios, en un venerable monje dedicado por completo a la causa cristiana.

Descubriendo un día repentinamente que la defensa de su patria no era el camino que Dios había hecho para él, decidió dejarlo todo para vivir en la miseria, mendigando y haciendo la voluntad de Dios, ayudando en un hospital de caridad. Pedía limosna para ayudar a los pobres, pero mientras que unos le daban, otros, como un caballero de la época, le pegaba sin remordimientos hasta dejarle el rostro herido Fue lavándose esas heridas en un riachuelo que un chico llamado Antón le ayudó y le preguntó si podía acompañarlo. Una dama, Doña Inés, que pasaba en una carreta, le ofreció que se llevaría al chico como su paje y le daría su ayuda regular para los pobres en su hospital.

Un día, ocupado en sus labores con los menesterosos, ante Juan de Dios llegó un miserable con las manos amputadas que solicitó su perdón pues había sido él el caballero que le había golpeado tiempo atrás y que ahora, por reveses de la fortuna, se veía en esas condiciones. Juan de Dios lo perdona y Felipe Amor, nombre del caballero, dedicará el resto de su vida a ayudarlo en el hospital de los pobres. Al final termina con ellos otro caballero, Fernando Amor, pariente del primero y ligado trágicamente a él. Son quienes asisten en su muerte a Juan de Dios, cuya fama de santo pronto cundió en Granada y en toda la cristiandad.

“San Juan de Dios” – Análisis

Realmente, San Juan de Dios, nacido en Montemayor el Nuevo, (Portugal) en 1495, fue soldado y posteriormente fundó en Granada en 1540 la orden de los Hermanos Hospitalarios, dedicada a cuidar los enfermos.

Un antiguo cuadro de familia, aquellos cuadros de imágenes de santos que había en casi todas las casas cristianas en aquellas épocas, sirve de punto de partida para el relato imaginario sobre la vida de este santo. Cuenta una historia de trágica rivalidad entre caballeros granadinos para su posterior salvación espiritual.

El texto se divide en seis apartados y termina y empieza con referencia al cuadro – real – que pinta la muerte del santo.

Esta primera narración de “Los usurpadores”, anticipa tanto en la vibración de su lenguaje como en su contenido la última pieza del libro: “Diálogo de los muertos”, lo que crea como un “marco lírico” alrededor de los otros cuadros del libro.

El primero de estos apartados, donde se anuncia el tema, es una introducción a la acción ficticia y nos lleva con maestría de las circunstancias personales del autor, acontecimientos memorables, experiencias horribles, a la narración central. Hay una gran fuerza emocional que proviene del uso de un narrador muy personalizado y que produce una sensación de intimidad, lo que hace que el lector se sienta implicado.

En el segundo apartado, el elemento a destacar es lo relativo a la parte oral. La descripción de la voz del predicador Juan de Ávila y la propia voz de Juan de Dios en sus repetidas acusaciones en su confesión pública, es de una intensidad que conlleva una enorme fuerza expresiva. La palabra, violenta y apasionada, refleja la época convulsa e intensa que el Reino de Granada atravesaba pues había sido perdido por los moros y empezaba la unificación de la España cristiana. Todos los contrastes sugeridos aquí: noche/día, oscuridad/luz, riqueza/pobreza, muerte/vida, serán desarrollados sucesivamente. Y el bien, pasando a través del mal, pudiera resplandecer finalmente gracias a la caridad y las buenas obras.

Los tres apartados siguientes constituyen el núcleo novelesco del texto. Se destacará la parte espiritual de Juan de Dios, con lo que tiene de ejemplar, pero el argumento se centraliza en el conflicto de los dos caballeros, que de todas formas, está íntimamente ligado con las acciones del santo. La actuación de Felipe Amor, al golpear encarnizadamente al mendigo, con la soberbia propia del poder, va a desencadenar uno de los hechos que al irse entrelazando llevarán a un desenlace común. Así, uno de los méritos principales del libro consiste en presentar el exceso como defecto. La dramática acción central, con su carga de ambición, odio, venganza, en que los dos caballeros rivales se verán involucrados, con sus consecuencias inmediatas y posteriores, llevará finalmente hacia el arrepentimiento, el perdón y la reconciliación, tradicionales conceptos católicos. Así como la caridad y el amor, palabra que se usa acertadamente en el apellido de los dos protagonistas, quienes al final se unirán en un fraternal abrazo, siendo Juan de Dios el elemento catalizador que los lleve a reivindicar sus lazos de sangre. Terminarán dedicándose a su lado, a la noble labor de cuidar a los más desvalidos, efectuando labores absolutamente opuestas a las de su anterior vida. Es de destacar la función expresiva que van a desempeñar las manos en esta parte y en todo el relato y desde la descripción del cuadro al inicio.

En el penúltimo apartado se destaca lo que unía a estos dos parientes, es decir todo lo contrario de lo que ellos se habían empeñado en hacer. Se vuelven hermanos hospitalarios de Juan de Dios, es decir que abrazan unos conceptos de vida basados en la ayuda desinteresada a los demás. Y así, dentro de un ambiente de desolación general, al declararse la peste en Granada, llega la última prueba que les prepara la vida como rivales. Deben asistir a la muerte de su novia común, sola, diezmada por la enfermedad pero sobreviviendo ellos mismos y todos los que ayudan en el hospital, como si fuera una señal “divina” o un “premio” que todo el que se sacrifica por los demás tiene su recompensa.

En este apartado, los últimos pasos de los personajes enlazan la historia entera con el “Dialogo de los muertos” y cierran de modo circular la parte central del relato.

En el último apartado o epílogo, se redondea el relato, trayendo otra vez a la realidad el cuadro inspirador del principio.

Podemos insistir en que a pesar de la parte trágica y el trasfondo violento de la historia, no asistimos a un relato negativo y desolador, con la condición humana como un desierto de miedo y ambición, sino que nos ofrece el ejemplo del bien que termina por triunfar. Utilizando la caridad y la entrega hacia los demás hasta las más terribles acciones pueden llegar a ser perdonadas y lo mejor de todo, redimidas, ofreciendo una fuente de esperanza para el ser humano.

Francisco Ayala nos lleva de la mano a través de la narración, mezclando acertadamente ficción e historias reales. Maneja la voluntad del lector apelando a los más recónditos sentimientos humanos, aquellos intemporales, ofreciéndonos la esperanza del triunfo del bien por encima del mal. A pesar de presentarnos crudamente todas las debilidades de los personajes, los pecados capitales del ser humano, siempre existirá la esperanza de salvarse.

 

 

 

 

 

 

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